sábado, 31 de julio de 2010

EL MOMENTO MÁS OSCURO DE LA NOCHE, ES JUSTO ANTES DE SALIR EL SOL

Muchas veces en el curso de nuestra vida tendremos que lidiar con decepciones y frustraciones.

Estos reveses forman parte de nuestra vida y no hay persona en el mundo que no pase por malos momentos, es inevitable.

Nos sentimos tristes, lloramos, tenemos ganas de dejar todo, pensamos si lo que hicimos valió la pena, nos amargamos y repartimos culpas por doquier.

Las etapas por las que pasamos son varias:

Primero NEGAMOS que algo nos está sucediendo: es la etapa de las vendas.

Las cosas no funcionan pero seguimos viviendo como si funcionaran.

Es tanto el dolor de admitir que vamos por el camino equivocado, o que tomamos decisiones erróneas, que no lo reconocemos, porque hacerlo afecta directamente a nuestra estima y ego.

Creemos creemos que si lo negamos, mágicamente todo se resolverá positivamente en algún momento, pero la inercia del problema sigue socavando el terreno que pisamos.

Luego llega el ENOJO. Nos enfadamos con todos los que están alrededor y los que no están, desde Dios para abajo con todo el mundo.

El exterior es el culpable: nuestro jefe, nuestro socio, nuestros colaboradores, nuestros padres, nuestra pareja, nuestros hijos, etc.

Cuando nos cansamos y desgastamos entonces llega la CULPA.

Ya los demás no son los culpables, sino que empezamos a ver en nosotros mismos al responsable de nuestro destino, de llegar adónde llegamos, de lo que perdimos, de lo que desperdiciamos, de lo que no hicimos.

Luego llega la RESIGNACIÓN.

No pudo ser de otro modo, no hay nada que podamos hacer ya, es lo que nos tocó y debemos mirar de acá en adelante, culparme o responsabilizarme a mi o a otros no me lleva a nada.

Llegada a esta etapa, o seguimos en un camino negativo hacia a la DEPRESIÓN, o nos tomamos de la mano de nuestra RESILIENCIA y tomamos lo pasado como una EXPERIENCIA de aprendizaje, como forma de no repetir los hechos, de hacernos más fuertes y elegir mejor nuestro futuro.

Si podemos APRENDER de lo sucedido, ya que hay cosas que no podemos cambiar hacia atrás, porque modificar el pasado es imposible, podremos transformar desde allí nuestro futuro, qué es lo único que está a nuestra mano.

Muchas veces he tomado decisiones que no han sido buenas, y siempre me he dicho “Si me cortara un brazo como compensación, ¿podría cambiar lo que sucedió?” y la respuesta siempre ha sido NO.

Por lo tanto todo lo que quedó fue pedir disculpas si alguien se sintió herido (si las mismas eran aceptadas o no estaban fuera de mi control), y también disculparme conmigo mismo, perdonarme y seguir adelante.

Todos estos momentos en la vida, son inevitables, esperables, y se convierten en PRUEBAS. Están allí para mostrarnos de qué estamos hechos.

Nos van a mostrar si la dificultad y la frustración son más fuertes y pueden con nosotros, o somos nosotros quienes las venceremos.

Debemos saber que cuánto más grande es nuestro sueño, más grande serán nuestras dificultades.

Y cuándo el tiempo de esa tormenta, esa frustración, esa desilusión, si sabemos ver, podremos comprender que la misma fue necesaria en nuestra vida, para torcer nuestro rumbo, para cambiar nuestra vida para mejor, para abrirnos caminos nuevos, y que en realidad no fue una casualidad, fue una causalidad.

Si miramos para atrás hacia otros momentos similares, podremos ver que pasado un lapso de tiempo lo que sucedió trajo algo mejor, y a partir de allí comprenderemos que lo que hoy nos sucede, si bien no puede verse como un momento bueno, en su interior, guarda la semilla de un futuro mejor, de un nuevo trabajo, de un nuevo sueño, de una nueva vida que nos espera y que todavía no se encuentra a la vista, pero que seguramente está a la vuelta de la esquina.

Como dice una frase popular “EL MOMENTO MÁS OSCURO DE LA NOCHE, ES JUSTO ANTES DE SALIR EL SOL”

domingo, 11 de julio de 2010

VOLVER A LAS FUENTES

Durante mucho tiempo el deseo de riqueza, el poseer bienes materiales, el mostrar nuestro éxito a través de ellos ha sido el centro predominante del pensamiento de las personas y de las sociedades. Esto nos ha incluido a la gran mayoría de nosotros.

Hoy se percibe que esto ha cambiado.

Ya la gente siente que, si bien el bienestar económico es muy importante, ello no es lo que nos lleva a la absoluta realización sino va acompañado por otras variables como el tener una familia feliz, un grupo de amigos que compartan nuestras horas, personas alrededor que hagan cálido nuestro paso, realizarnos en aquello que verdaderamente amamos.

Es por ello que ante este deseo renovado de humanidad, en el que además de querer progresar en todos los terrenos, no estamos dispuestos a ceder nuestro deseo de ser considerados como personas, el valorarnos y aspirar hacer algo valioso, para nosotros y para otros, es que en el presente la gente siente como un elemento esencial, el verdadero interés por la gente.

Un interés genuino, no manipulado, no centrado en qué recibe el que da, sino en un interés por el genuino dar, y por ello, sin desearlo, recibe.
Hoy no es posible triunfar si no se piensa primeramente en cómo los otros pueden lograr lo que ellos desean, y a partir de allí que ellos también deseen ayudarnos a nosotros a lograr nuestras metas.

Hoy no es posible triunfar si a las personas a quiénes les vendemos nuestros servicios o productos no se convierten en el centro “verdadero” (y no falso en la práctica, como ha sido hasta hoy) de nuestro interés por brindarle lo que realmente necesita, ni más ni menos.

No es posible triunfar si no somos íntegros en nuestro “pensar, decir y hacer”, o el “digo lo que pienso y hago lo que digo”.

Y hablo de triunfar, en el sentido de trascender. Ya que quizá podamos tener un brillo pasajero, un “éxito” circunstancial que satisfaga nuestro pequeño ego personal, nuestros cinco minutos de fama sólo en el contexto de una vida.

Pero como dijo Abraham Lincoln “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Hoy la falta de interés verdadero en el otro, la falta de integridad, la falta de verdadero amor o la manipulación de las relaciones lleva, en corto o mediano plazo, a resultados desastrosos, en todos los contextos: personal, familiar, social, de negocios y espiritual.

La profesionalización, en muchos ámbitos, sin haber sido el objetivo, ha llevado a que se perdiera este verdadero interés, reemplazándolo por el marketing, la burocracia, “lo que me conviene o no” en un momento dado, en lugar de pensar “en lo que debo a hacer o no” en función a los valores esenciales, sin importar mi imagen, lo que otros puedan pensar.

Hace algunos años escuché la frase que “cuando uno sabe cuáles son sus valores, las decisiones que parecen difíciles, son fáciles de tomar”.

Paradójicamente, la decepción que las personas sienten cuando ven que lo que se hace no coincide con lo que se proclama, destruye nuestra imagen que tanto tratamos de cuidar y nos importa, y tira como en el juego del “jenga” aquello que tanto deseamos armar. Los bloques pueden caerse todos juntos o de a poco, pero el resultado será el mismo.

Aquello que en un principio estaba teñido por la pasión y el deseo de dar lo mejor de nosotros a los demás, nuestra potencialidad, nuestro deseo de que lo que hacíamos sirviera y convertirnos en una respuesta nueva, se convirtió en un deseo de mantener el “status quo” y se enfrió.

Médicos y veterinarios que no atienden más a los pacientes por “vocación”, periodistas a quienes ya no le importa la verdad sino “vender la verdad”, músicos que no escriben más lo que quieren transmitir sino “lo que vende”, curas y pastores a quienes no le interesan “ayudar a la gente” sino hacer crecer su imagen e influencia.

Por ello es importante reflexionar, hacer un introspección, y aun habiendo perdido algo de credibilidad, volver a las fuentes, a aquellos momentos donde lo que hacíamos lo hacíamos para dar lo mejor de nosotros a otros, y no para que los otros nos den lo mejor de ellos a nosotros.

En la persistencia, es posible recuperar la credibilidad perdida, y si no se logra del todo, haremos lo mejor por los demás, que es el mejor premio que podemos tener al fin de nuestras vidas, haber dado lo mejor de nosotros mismos.

Porque como dice un dicho hoy popular en el función al servicio “El que no sirve, no sirve”.