Durante mucho tiempo el deseo de riqueza, el poseer bienes materiales, el mostrar nuestro éxito a través de ellos ha sido el centro predominante del pensamiento de las personas y de las sociedades. Esto nos ha incluido a la gran mayoría de nosotros.
Hoy se percibe que esto ha cambiado.
Ya la gente siente que, si bien el bienestar económico es muy importante, ello no es lo que nos lleva a la absoluta realización sino va acompañado por otras variables como el tener una familia feliz, un grupo de amigos que compartan nuestras horas, personas alrededor que hagan cálido nuestro paso, realizarnos en aquello que verdaderamente amamos.
Es por ello que ante este deseo renovado de humanidad, en el que además de querer progresar en todos los terrenos, no estamos dispuestos a ceder nuestro deseo de ser considerados como personas, el valorarnos y aspirar hacer algo valioso, para nosotros y para otros, es que en el presente la gente siente como un elemento esencial, el verdadero interés por la gente.
Un interés genuino, no manipulado, no centrado en qué recibe el que da, sino en un interés por el genuino dar, y por ello, sin desearlo, recibe.
Hoy no es posible triunfar si no se piensa primeramente en cómo los otros pueden lograr lo que ellos desean, y a partir de allí que ellos también deseen ayudarnos a nosotros a lograr nuestras metas.
Hoy no es posible triunfar si a las personas a quiénes les vendemos nuestros servicios o productos no se convierten en el centro “verdadero” (y no falso en la práctica, como ha sido hasta hoy) de nuestro interés por brindarle lo que realmente necesita, ni más ni menos.
No es posible triunfar si no somos íntegros en nuestro “pensar, decir y hacer”, o el “digo lo que pienso y hago lo que digo”.
Y hablo de triunfar, en el sentido de trascender. Ya que quizá podamos tener un brillo pasajero, un “éxito” circunstancial que satisfaga nuestro pequeño ego personal, nuestros cinco minutos de fama sólo en el contexto de una vida.
Pero como dijo Abraham Lincoln “Se puede engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
Hoy la falta de interés verdadero en el otro, la falta de integridad, la falta de verdadero amor o la manipulación de las relaciones lleva, en corto o mediano plazo, a resultados desastrosos, en todos los contextos: personal, familiar, social, de negocios y espiritual.
La profesionalización, en muchos ámbitos, sin haber sido el objetivo, ha llevado a que se perdiera este verdadero interés, reemplazándolo por el marketing, la burocracia, “lo que me conviene o no” en un momento dado, en lugar de pensar “en lo que debo a hacer o no” en función a los valores esenciales, sin importar mi imagen, lo que otros puedan pensar.
Hace algunos años escuché la frase que “cuando uno sabe cuáles son sus valores, las decisiones que parecen difíciles, son fáciles de tomar”.
Paradójicamente, la decepción que las personas sienten cuando ven que lo que se hace no coincide con lo que se proclama, destruye nuestra imagen que tanto tratamos de cuidar y nos importa, y tira como en el juego del “jenga” aquello que tanto deseamos armar. Los bloques pueden caerse todos juntos o de a poco, pero el resultado será el mismo.
Aquello que en un principio estaba teñido por la pasión y el deseo de dar lo mejor de nosotros a los demás, nuestra potencialidad, nuestro deseo de que lo que hacíamos sirviera y convertirnos en una respuesta nueva, se convirtió en un deseo de mantener el “status quo” y se enfrió.
Médicos y veterinarios que no atienden más a los pacientes por “vocación”, periodistas a quienes ya no le importa la verdad sino “vender la verdad”, músicos que no escriben más lo que quieren transmitir sino “lo que vende”, curas y pastores a quienes no le interesan “ayudar a la gente” sino hacer crecer su imagen e influencia.
Por ello es importante reflexionar, hacer un introspección, y aun habiendo perdido algo de credibilidad, volver a las fuentes, a aquellos momentos donde lo que hacíamos lo hacíamos para dar lo mejor de nosotros a otros, y no para que los otros nos den lo mejor de ellos a nosotros.
En la persistencia, es posible recuperar la credibilidad perdida, y si no se logra del todo, haremos lo mejor por los demás, que es el mejor premio que podemos tener al fin de nuestras vidas, haber dado lo mejor de nosotros mismos.
Porque como dice un dicho hoy popular en el función al servicio “El que no sirve, no sirve”.
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