sábado, 29 de mayo de 2010

Vivir el hoy o vivir el mañana

Hace unos días durante una conversación informal con una persona conocida, la misma me planteó que se encontraba desconcertada, que no sabía hacia dónde debía ir, ni tampoco que convenía hacer con su vida hoy.

De esta charla surgió un ejercicio mental, en el cual planteamos la idea de visualizarnos hoy como si estuviéramos en el final de nuestra vida, y como nos gustaría vernos al llegar ese momento. Que nos hubiera gustado haber logrado al llegar allí, que nos haría sentir plenos y completos en ese momento, qué nos haría sentir realizados.

Mucha gente que he escuchado llega a esa instancia de la vida, viendo que sólo los años “les han pasado”, que sólo sirvió para pagar cuentas, cambiar pañales, trabajar para sostener una familia, y nada más. Se sienten vacíos y frustrados, lo que hace que el fin de la existencia se convierta en un trago amargo que nunca hubieran querido que llegara así, tratando de conformarse porque ya no hay nada que hacer.

En el presente, también escucho de la gente, que vive permanentemente idolatrando el hoy, “disfrute hoy, el mañana no existe”, “mejor pájaro en mano que cien volando”, “hoy vivimos, mañana no sabemos”, son lemas de estos momentos. No existen perspectivas del futuro, ni pensamos nuca hacia dónde vamos, lo importante es sólo lo que hoy hacemos.

El vivir hoy, para una persona promedio de 20, 30, 40 años da la sensación de eternidad, “viviremos siempre, así que hoy hagamos lo que nos plazca o lo que podamos, ya habrá tiempo”, y el tiempo pasa e inevitablemente la frustración llegará.

Escuché también a gente decir que cuando pasó por esos años, les costaba levantarse de la cama para ir a trabajar otro día, que tenían nauseas de saber que tenían que ir al lugar de trabajo que detestaban, pero que fue más fuerte la comodidad o el miedo irse de allí y que el deseo de generar lo propio, porque tenían hijos y familia que mantener, pero que nuevamente, ahora ya nada podían hacer.

A mí no me gustaría llegar al fin de mi vida y verme frustrado, sentir que mi existencia pasó sin sentido, dejando que se fuera de mi control, y que nada de lo que hice valió la pena, que nunca dejé un legado, ¿Y a usted?

Si uno sabe cómo le gustaría llegar a ese último momento, será más fácil saber que decisiones debemos tomar hoy.

Sabiendo hacia donde uno va, es más fácil saber cómo armar la carrera para llegar, aunque hoy no esté en la ruta, y deba hacerlo de manera paulatina, sé que acciones debo tomar. Qué trabajo debo dejar y cuál debo tomar, en qué áreas debo capacitarme debido a que hoy no tengo los conocimientos suficientes, de qué gente me debo distanciar y con qué personas debo tratar de contactarme, que cosas improductivas que consumen mi tiempo debo dejar de hacer para aprovechar mejor el mismo para avanzar más rápidamente.

Si no tengo claro adónde voy, puedo estar haciendo actividades que no me llevan hacia allí, por más que hoy me resulten rentables o divertidas, me distraen y me confunden. Son como espejos de colores que tratan de robarme mi recurso más preciado voluntariamente. “Si uno no sabe dónde va cualquier colectivo lo deja bien” expresaría el dicho popular.

Por ellos es importante el futuro y el presente. De esta forma, presente y futuro se complementan equilibradamente. Vivir el presente, con una proyección hacia el futuro.

Un arquitecto una vez me dijo cuando quería hacer una habitación más en mi casa “Es importante que toda refacción la hagas con un plano en la mano que ya sea el definitivo, con todo finalizado. No importa cuánto tardes en hacerlo, pero lo que hagas debe estar en línea con el cuadro global, y cuándo termines no será un rejunte de ideas distintas, un mamarracho, sino el reflejo del sueño que querías lograr acerca de lo que esa casa debía ser en el tiempo y que todo tuviera armonía con todo”.

Lo mismo deseo para ti, que llegues al final de la existencia y puedas ver que todo lo que hiciste apuntó a aquello que querías llegar a “ser” para cuando llegara ese momento, que mirando hacia atrás no veas un mamarracho de decisiones, sin que armónicamente hayas construido la llegada de ese día.

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